lunes, 2 de julio de 2018

Ante la urgencia, salir al encuentro.


“Es tarde pero es nuestra hora.
Es tarde pero es todo el tiempo que
tenemos a mano para hacer el futuro. 
Es tarde pero somos nosotros esta hora tardía.
Es tarde pero es madrugada si insistimos un poco”
Mons. Pedro Casaldáliga

En estos días se han conocido algunas cifras de diversos estudios, llevados a cabo por el Observatorio de la Deuda Social, perteneciente a la Universidad Católica Argentina.  Allí se afirma que el 48% de niñas y niños de nuestro país se encuentran bajo la línea de la pobreza, y un 33% de ellos se alimentan en comedores. Si bien estas cifras pueden chocar y ser duras, una vez más afirmamos que, detrás de tecnicismos y números, se encuentran rostros, historias concretas de familias enteras que padecen de la violencia del descarte, de un sistema que los quiere fuera.

El tiempo pasa pero hay algunos slogans del argentino promedio que no cambian. Uno de ellos es el siguiente: “no hay que darles el pescado, sino hay que enseñarles a pescar”. Ante esto, vuelven a mi mente, aquellas palabras pronunciadas por Monseñor Casaldáliga y retomadas por Eduardo Galeano:

“¿Qué pasa si nos envenenan el río?
¿O si alguien compra el río, que era de todos,  y nos prohíbe pescar?
 O sea: ¿qué pasa si pasa lo que está pasando?”

Ante esta situación, se requiere valentía para afrontar los límites que encuentra una y otra vez, nuestra tarea pastoral. Pero, ¿cómo encontrarle la vuelta? Muchos dirán que hay que pensar en innovar la respuesta, en encontrar nuevos caminos. Tal vez pueda ser una opción, siempre y cuando la cuestión no se estire. Pero aquí, frente a la urgencia que impone la violencia del hambre, no puedo sino volver a Jesús. En el cap. 5, versículos 21-43 del Evangelio de Marcos, podemos encontrar unas pistas que nos ayuden a dar respuesta y ponernos en movimiento.

En este pasaje se relatan dos historias que se entrecruzan y, a primera vista, parecen tener poco en común.  La primera escena es la de Jairo,  jefe de la sinagoga, quien busca a Jesús urgentemente por el estado de salud de su hija.  Camino a la casa de Jairo, se entrelaza la otra historia. Una mujer que padecía hemorragias y había gastado todo su dinero sin conseguir curarse, se acerca entre el tumulto hasta Jesús y toca su manto. En ese momento, cuenta el relato bíblico, la mujer quedo curada. Jesús al darse cuenta de esto, la busca y le dice que su Fe,  fue lo que la salvo. Inmediatamente se retoma la primer historia y, antes de llegar a la casa, algunos hombres avisan a Jairo que la niña ya estaba muerta; pero Jesús, sin dar lugar a ello, dijo al padre: “No temas, basta que creas”. Al llegar a la casa, los parientes estaban llorando y se burlaron de Jesús, cuando Él les dijo que la niña solo dormía. Al entrar a la habitación, el Maestro ordenó a la niña que se levante, asombrados sus padres veían como su hija se ponía de pie, mientras el Nazareno ordenaba que le dieran de comer.

¿En qué se parecen estas historias, que a primera vista nos parecen desconectadas? Tanto Jairo como la mujer, se encuentran frente a una situación límite, urgente, que no requiere titubeos. Una enfermedad prolongada, incurable por un lado; y el fallecimiento de una hija por el otro.

¿Qué puede decirnos este pasaje frente a esta realidad que vivimos y sentimos en las barriadas? La actitud de Jesús es clara, responde a la urgencia con inmediatez, no se queda en discursos bellos, no predica superficialmente sobre la fe. El Nazareno actúa, vive su Fe, la pone en juego, la hace carne. A partir de aquí,  me parece valioso rescatar una actitud, que viene siendo muy vapuleada desde diversos sectores. Salir al encuentro de la necesidad del Otro/a, frente a una situación en que no puede, no es caridad vacía para borrar culpas, no es asistencialismo vano, no es tapar baches. Salir al encuentro de la necesidad del Otro/a es amar, amar donde duele, tratar de sacar adelante una situación que exige respuestas urgentes.  El Papa recuerda que “ninguno de nosotros debe mirar a los demás de arriba abajo. Podemos mirar a una persona así, solo cuando lo ayudamos a levantarse”[1]. Esta actitud, denostada desde ciertos progresismos de escritorio, hoy cobra un papel urgente. No podemos quedarnos en debates académicos-técnicos que son necesarios, en tanto puedan dar respuesta a mediano y largo plazo. Pero frente a la urgencia, la acción, el ir hacia aquel que necesita se vuelve algo vital. Recordando otro pasaje bíblico (Mt.14, 13-.31), Jesús no optó por  enviar a la multitud a sus casas, sino decidió tomar las riendas y, junto a los discípulos, con lo que cada uno traía,   dar de comer a la multitud. En ese momento,  Jesús no se puso a predicar, no les dijo vayan a pescar, no se desentendió del tema como en primer momento sugirieron los discípulos (“despide a la multitud para que vayan a las ciudades a comprarse alimentos"); en ese momento Jesús actúa, pide que cada uno ponga lo que tiene, por más mínimo que parezca, por más que sean tan solo cinco panes y dos pescados para una multitud. Es aquí donde cimentamos nuestra Fe, no es una espera ilusoria, sino certeza firme que brota cuando nos sabemos juntos, en búsqueda del Reino y su justicia; donde cada uno pone lo que tiene y lo que no también, donde una gauchada es un montón y donde los debates televisivos quedan de lado, porque ante la urgencia, no podemos sino más que ir al encuentro.

Por ello, cuando no demos abasto y se refloten nuestros límites. Confiemos aún más en Dios, quien eligió hacerse Pobre y hoy, vive entre y en cada uno de ellos. Como dijo un cura amigo, la astucia del pobre es pura Gracia (y aquí reside nuestra esperanza). Como aquella mujer que se acercó a Jesús con miedo, casi como “punguéandole” un milagro, por no creerse digna, pero su Fe profunda, le ayudó a afirmar con fuerza, que Dios no abandona nunca a sus hijas e hijos.

Gustavo

CULTURA DE BARRO.



miércoles, 27 de junio de 2018

Abrazar el límite


Luciano es un pibe que vive en la calle. Sus noches están atravesadas por la incertidumbre de saber si tocará dormir en algún hogar, en un auto abandonado, debajo de la autopista o en alguno de los centros habilitados por el gobierno. Una fría mañana de sábado llega por primera vez al Oratorio junto con Agustín, quién en estas últimas semanas se convirtió en su “compañero de la calle”. Conversando un poco conocemos sobre su historia, que pareciera ser una sucesión de dolores interrumpida esporádicamente por algunas caricias de serenidad. Uno se encariña, lo empieza a querer, se imagina como acompañarlo y hasta empieza a soñar sueños ajenos. Dos semanas después, un llamado del operador encargado de uno de los centros de noche nos sorprende anunciando que hace varios días que Luciano no aparece. ¿Se habrá vuelto a Mar del Plata, ilusionado con reencontrase con su familia? ¿O seguirá caminando, invisible, las calles de la ciudad? Si bien nuestros sueños de plenitud para él permanecerán siempre vigentes, la realidad indica que pareciera que no lo volveremos a ver.

Coco hace siete meses que está preso. En el sector 8 es el más picante de todos: su personalidad fuerte hizo que rápidamente se erigiera cómo líder del pabellón. Coco propone y dispone de sus compañeros con total impunidad. Hasta que en una mañana de sábado, sus compañeros se cansan y le propician una golpiza difícil de olvidar. Los guardias lo retiran y queda sólo en la sala de los maestros, hasta que el director disponga a donde trasladarlo. El sector de “máxima contención” (aunque en realidad todos sabemos que es “máxima seguridad”) pareciera ser el horizonte más próximo. Justo cuando cruzamos con el pasillo, Coco rompe en llanto. Coco, el fuerte, el duro, el líder del sector 8. Llorando como un nene y fundiéndonos en un abrazo que intenta inspirar consuelo. Después de varios minutos, lo tranquilizo y conversamos un rato. Quedamos para seguir charlando el próximo sábado. Sin embargo, no hubo próximo sábado. Coco ya no estaba en el módulo “Nuevo Sol”. Efectivamente, no lo volvimos a encontrar.

Tres hermanos vivaces e inquietos irrumpían la cotidianeidad de un oratorio hace muchos años atrás. De esos pibes que parecieran tener siete vidas y una capacidad de ponerse de pie ante la adversidad difícil de encontrar. La situación familiar no da para más y dos de ellos son llevados por el gobierno a dos hogares distintos. El otro hermano sigue dando vueltas por el barrio. Pasan los años y por amigos en común, seguimos en contacto con su vida y su realidad. Uno de los hermanos cada día está peor. Hace unas semanas cayó preso por primera vez. Los años de laburo no dan fruto y su vida se deteriora cada vez más. Nos da la sensación que nada cambió, que nada cambia y que difícilmente podrá cambiar. Nos da la impresión de que las cartas de su juego ya están echadas.

¡Qué difícil es convivir con el límite! Con los límites propios, con las fragilidades personales que hacen que a veces que no nos banquemos ni a nosotros mismos y qué si tuviéramos la oportunidad, las cambiaríamos instantáneamente.
¡Qué difícil es convivir con el límite! Con los límites comunitarios que a veces nos alejan de los otros, qué nos impiden comprender y perdonar a los que nos rodean y que nos abren la puerta a la tentación de cortarnos solos y trabajar como francotiradores
¡Qué difícil, más difícil aún, es convivir con los límites de los pibes y de las pibas! A veces le ponemos el cuerpo a sus problemáticas cómo a ninguna otra situación. Damos todo lo que podemos. Nos duelen sus dolores, nos alegran sus felicidades, soñamos sus sueños y, aún así, no alcanza. Hay vidas que se nos van de las manos y, con ellas, pareciera que también se va el sentido de nuestro trabajo.

Creo que convivir con el límite es una de las tareas más difíciles de animar. Asumir un límite es reconocer nuestra fragilidad y nuestra finitud.  Es reconocer que no lo podemos todo. Es un golpe a nuestra omnipotencia e incluso a nuestra buena voluntad. Es darse cuenta que muchas veces no llegamos a tiempo y, aun llegando a tiempo, no podemos hacer lo que deseamos. Es reconocer que, por más que nos duela, hay historias y contextos que nos exceden.

¿Cómo sintetizar esta experiencia que pareciera estar destinada a la desesperanza y el pesimismo con nuestra fe en Jesús resucitado? Es una pregunta que me habita cotidianamente y a la cual intento esbozar algunas respuestas. Y es en el mismo Jesús donde aparece la luz de esperanza que sostiene nuestros esfuerzos y sigue llenando de sentido nuestras opciones. Es el mismo Jesús es el que convivió con el límite, incluso con el límite más extremo: la muerte. Muerte que, lleno de preguntas y miedos (“Dios mío, porque me has abandonado…” “Padre, aleja de mi este cáliz...”), aceptó, abrazo y amó. Límites qué, tal vez, tendremos que aceptar, amar y abrazar.

Pero después de la muerte, la Vida. Después del fin, la Resurrección. Después del límite, la posibilidad. La muerte no tiene la última palabra. La muerte abrió el paso a la vida en abundancia, a la vida cargada de sentido. La muerte estuvo. La muerte estará. Pero después de la muerte, la resurrección. Los límites estuvieron. Los límites estarán. Pero desde la fe intuyó: ¿quién dijo que el límite no es la puerta a un horizonte cargado de vida y de plenitud?. Hoy, creo que amar, aceptar y abrazar el límite es un ejercicio incuestionable si queremos seguir abriendo puertas de vida plena para los pibes y las pibas que más nos necesitan.


Mauro

CULTURA DE BARRO.


viernes, 15 de junio de 2018

Soy esta historia.

Hace algunas semanas, preparando el corazón para el II Encuentro Nacional de Juventud en Rosario, algunos animadores leímos, cantamos y reflexionamos la canción "Soy esta Historia" de Raly Barrionuevo. Buscamos pensar y pensarnos como jóvenes que desandamos el camino, que somos trashumantes, artesanos de memoria, volviendo a pasar por el corazón nuestras comunidades, nuestros grupos, los chicos, miles de rostros y nombres. Pensar y pensarnos como jóvenes cristianos y animadores comprometidos con las vidas que se nos confían, llamados por Dios a grandes cosas. 

De todo lo que pensamos resultó lo que hoy les compartimos... "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar"

“Vamos desandando este camino”...  Camino que se hace en comunidad... que sentimos que Dios nos tiene preparado y pensado. Camino en el que te encontrás muchísimos rostros, que aparecen cuando menos lo esperas pero cuando más los necesitás y te cambian la vida para siempre. Camino con altibajos, con momentos lindos y momentos feos, que nos llenan de amor, que nos hacen sufrir, que nos ayudan a crecer.
Pensando en la palabra “desandar”... ¿Qué significa esto? En el encuentro de "mi historia" con la de Jesús, de " mi vida" con la de Él, de "mi sangre" con la Suya. Si no desandamos el caminar, si no hay "conversión" por parte nuestra, significa que ese encuentro no ha sido efectivo. Si seguís caminando igual después de encontrarte tantas veces con este Dios que se manifiesta en las personas, en las situaciones, en los problemas y las alegrías, este Dios que te "apaña en todas", habría que preguntarse ¿le abrí mi corazón?, ¿realmente me dejé encontrar?, ¿voy caminando con él; o me adelanté y yo pasé a ser el protagonista?
Desandar es desanudar el hilo de mi vida y ver en qué momentos a través de un juego, una charla, una comida, un mate o una cerveza, una oración o simplemente en el rostro de una persona que vi en la calle, logramos encontrar a Quién sostiene mi vida, mi historia, mi andar.
Mi historia, mi pasar, mi vida, mi camino no se construye solo, lo vamos haciendo con otros, que enriquecen (y que a veces dificultan) este caminar. Soy con otros, vínculos, relaciones, unidad, nada se podría dar si no estamos juntos, tejiendo redes mientras caminamos. Y poder decir “nuestra historia”, “nuestra vida”, “nuestro camino”.

“Somos trashumantes de la historia”... La trashumancia se define como un tipo de pastoreo en continuo movimiento, adaptándose en el espacio a zonas de productividad cambiante. Se diferencia del nomadismo en tener asentamientos estacionales fijos y un núcleo principal fijo (pueblo) del que proviene la población que la practica. De lo que entiendo es la forma en la que una persona se mueve de su pueblo, del asentamiento fijo y que tiene constante movimiento. Como animador lo sentí en la forma en la que salimos de lo normal, de no quedarnos en casa a ver como "la vida pasa por el lado" y no hacer nada por la misma. Siento que somos "trashumantes", personas que salimos de lo común, que van siempre con la entrega sin querer nada a cambio, somos caminantes en búsqueda de curiosidades nuevas, nunca nos quedamos con lo que tenemos, siempre queremos más y ayudar más.

“Somos artesanos de memoria, y esta lleno de rostros nuestro andar”... Pienso en qué nos hace humanos, qué nos hace animadores, qué nos hace cristianos y creo que es que nos enterramos en el barro, que damos nuestro corazón y todo lo que somos por el otro. En definitiva, que lo que nos hace ser nosotros es ese otro. Creo que está lleno de rostros nuestro amor, porque todo lo que hacemos afecta a un otro y lo que hacen los otros nos afecta a nosotros. Y que en especial como animadores mucho de lo que hacemos es por los pibes, por un otro al que amamos y porque creemos en un Jesús amigo, que nos enseña la belleza y la importancia de amar al otro. Y así como muchas personas cambian nuestra vida, nosotros también podemos ser luz para muchísima gente. Sin darnos cuenta, podemos pasar de repente a ser parte clave en la vida de alguien. Con un consejo, con una escucha, con un compartir, con un estar.

“Brotando luz de tus cenizas”... Siento que el oratorio, el apoyo, saltimbanqui, en fin, los pibes y los animadores sacan lo mejor de mi. Incluso cuando siento que cuando no quedaban ni cenizas, el abrazo, la sonrisa, la palabra, hicieron y me dieron fuerzas renovadas para volver a creer que todavía queda mucho por dar y mucho por recibir.

“Vientos de tu andar”... Cuántas realidades que nos atraviesan, nos desordenan todo lo que teníamos tan seguro, cuántas veces quisimos rendirnos porque nos sentimos muy chiquitos para resolver esos problemas, cuántas veces nuestra propia historia nos dejó en el piso. Pero de eso se trata también, superarnos y encontrar en el desorden un cachito de luz. Saber que no somos superhéroes, pero capaz por un segundo y en lo cotidiano para el otro lo somos.

Entendemos que con simples gestitos cotidianos, con nuestro apostolado, con un abrazo, podemos impactar muchísimo más de lo que pensamos. Estoy segura que cada uno de nosotros está por algo en este mundo. Que no vinimos porque sí. Por eso somos todos super valiosos. Y la clave está en el saber que de este camino no vamos a salir ilesos. Que para vivir, justamente hace falta VIVIR. Vivir con intensidad, con todo, llorar, reír, amar, bailar, gritar, buscar, encontrarse, encontrarnos. Recordando siempre que al camino no lo caminamos solos.


Agos Sanchez, Belu Gisbert, Guada Garione, Agus Loyola, 
Anita Puttini, Andrés Orrego, Juampi Bordón y Juli Garione


viernes, 13 de abril de 2018

"Es una cuestión de Fe"


Me llegó una invitación a una jornada de capacitación en adicciones para agentes pastorales.  Me sumé porque las realidades que encuentro en el oratorio son cada vez más jodidas y con más droga encima, entonces pensé que ésta jornada me ayudaría en algo, por más chiquito que fuera. Todo viene bien.

Consta de 4 encuentros y hace un par de días tuve el primero. Hubo una presentación e introducción al tema, etc. Hasta que llegó el momento de dividirnos en grupos con gente desconocida y trabajar un fragmento que nos dieron.
  
A nuestro grupo le tocó uno que hablaba sobre que el encuentro con Dios no puede darse al margen de los desafíos de nuestro tiempo y de nuestra cultura, lo cual implica no caer en el romanticismo religioso/espiritual que intenta negar la realidad de los límites del sufrimiento, propios de la vida.
  
Hasta ahí iba bárbaro el texto, ligado al compromiso social vivido desde la espiritualidad y el encuentro con Dios. Pero continuamos leyendo y el texto cada vez me gustó menos. Terminó con ésta frase: “Todo nuestro esfuerzo es brindar un encuentro con Jesucristo como lo verdaderamente sanador.”
  
La jornada hasta el momento seguía ésta idea, y yo me venía tragando comentarios. Hasta que leí esto, no aguanté más, y largué: “A mí me parece que todo esto es muy utópico, irreal. Conozco pibas y pibes que tienen el padre preso/muerto, hermanos transa, con familias amenazadas, que dejan de estudiar para mantenerla. Pibes que la policía para y maltrata cada vez que los encuentran en la calle, que van por la vereda y la gente se cruza a la del frente cuando los ve. Que no comen todos los días ni tienen buenas casas, que caen en el faso. Y realmente me parece una falta de respeto acercarse a esos pibes y pibas e intentar brindarles un encuentro con Jesucristo como sanador. Sea de manera implícita o explícita, yo me lo tomaría como una tomada de pelo. Intentamos generar nuevas propuestas en el barrio para que haya otras alternativas. Hacemos charlas, paseos, salidas, juegos, pernoctadas, campamento de fin de año, y no alcanza. Entiendo que abordar una adicción es bien complejo y entran en juego todas las situaciones y horas cotidianas (y no solo la tarde del sábado) que vive el/la pibe/a que consume. Por eso, pienso que ofrecerles un encuentro con Jesús como lo verdaderamente sanador es bastante ingenuo.”

Terminé mi discurso de desesperación y bajón y una doña me dijo: “Y bueno mamita, pero eso ya es una cuestión de fe. Me quedé muda. Me cerró la boca, ¡y de qué forma!
  
Al margen de si brindar este encuentro (y de qué manera) es sanador o no, entendí que el ruido y el bajón muchas veces nos aleja de Dios. Entendí que más de una vez me falta fe, la cual (creo yo) es confiar en que Él verdaderamente nos da una mano y labura con nosotros, pero que hay que dejarlo. Volver al barr[i]o, y dejarlo. Y hacer con Él, juntos. Entendí que jugarselá por el Reino es entender que no podemos construirlo sólo desde la fe, ni tampoco sólo desde el hacer. Es vivir ese intento constante de mantener un equilibro entre ambos. De estar socialmente comprometida/o y ofrecerseló a Mamá/Papá Dios, siempre con el oído y la mirada atenta pero simple, para encontrarlo en nuestra cotidianeidad, entre la pibada, y también, entre el mismísimo ruido y bajón.


El de arriba (que tan arriba no está) es un viaje, pero a la vez es simple, concreto. Jugársela por el Reino de Dios es tener los pies en la tierra y el corazón en el cielo. Es apostar a ese lindo equilibrio, que logró Jesús, que logró papá Don Bosco, que intentamos lograr tantos locos seguidores de ellos dos.

                                                                                                                                        Mari Bertschi    
                                                                                                                         

                                   

domingo, 1 de abril de 2018

Es posible vivir de otra manera


En estas últimas dos semanas se multiplicaron por los diversos espacios educativo-pastorales que me toca habitar las celebraciones, espacios de reflexión o momentos de oración en torno a la Semana Santa. Dentro de la diversidad de propuestas y de las particularidades propias de cada grupo, me llamó la atención un denominador común que atravesó a todas estas experiencias: la misteriosa y tantas veces incomprensible experiencia del dolor.

Alumnos y alumnas del colegio, pibes y pibas del oratorio, animadores y animadoras de los grupos juveniles, docentes, directivos. Todos parecíamos estar traspasados por la experiencia del sufrimiento. Al llegar esta semana tan especial para quienes creemos, dónde tenemos la posibilidad de parar un poco la pelota y bucear en el corazón para ver cómo andamos, muchas veces lo primero que sale a la luz es aquello que nos está doliendo y qué no podemos terminar de descifrar o de darle sentido.

Dentro de estas propuestas, me conmovió profundamente poder leer o escuchar algunos de los dolores de los pibes y las pibas más pobres y frágiles que forman parte de muchos de nuestros espacios. Pobreza. Hambre. Hacinamiento. Viviendas precarias. Violencia familiar. Abusos sexuales. Soledad. Padres o madres que no están. Consumos problemáticos. Familiares o amigos que se mueren muy jóvenes a causa de tantas injusticias por las que atraviesa nuestro país. Suicidios. Precariedad de la salud. Tristeza. Miedo. Bronca. Deserción escolar. Madres prostitutas. Vidas castigadas. Dolores que forman parte de la cotidianeidad de nuestros chicos y chicas y que parecen muy difíciles de poder sanar.

Frente a un escenario tan complejo, triste y desolador, podría ser muy fácil perder la esperanza y sumergirse en el pesado mundo del pesimismo. Pareciera que nada tiene solución, que nada se puede cambiar, que las cartas ya están echadas y no hay vuelta atrás para revertir tanto dolor en vida de los chicos y de las chicas. Dejarse vencer por la desesperanza es una opción fácilmente tentadora y que muchas veces nos paraliza y no nos permite mirar más allá.

Sin embargo, en una de las tantas celebraciones de las que les contaba, un signo que nos ayudaba a rezar era prender el Cirio Pascual –signo de la vida de Jesús- en medio de un teatro completamente a oscuras. Esa tenue luz encendida cambiaba el panorama. En medio de la pesada oscuridad, se avizoraba una tenue pero clara luz. En medio de la desolación, una presencia que nos ayudaba a ver y que nos marcaba el camino. De repente, se abría la posibilidad de poder escabullirse de la oscuridad para poder mirar con un poco más de seguridad.

Creo que un poco así es la presencia del Dios de Jesús. Misteriosa, pero firme. Sencilla, pero segura. Suave, pero amorosa.  Que nos indica un camino pero respeta la libertad de elegirlo o no. Que nos permite mirar las cosas de otra manera. Que no se convierte en un escenario espectacular, sino que aparece así: humilde, silenciosa, serena, pero constante, fiel y aguantadora.

Creo también que esa es la invitación que nos hace la resurrección. Que seamos luz en medio de la oscuridad. Que seamos serenidad en medio de la tragedia. Que seamos amor en medio del odio. Que seamos liberación en medio de la esclavitud. Que seamos compasivos en medio del dolor. Que seamos camino en medio de las incertidumbres. Y, sobre todo, que seamos vida y vida en abundancia, en medio de las múltiples situaciones de muerte que todos los días del año le arruinan la vida a los pibes y las pibas más vulnerables de la sociedad. Creo que es posible vivir de otra manera y, sobre todo, creo que es posible que otros y otras, que pibes y pibas, invadidos por la esclavitud de la injusticias, también puedan vivir de otra manera.

Mauro

CULTURA DE BARRO





sábado, 31 de marzo de 2018

¡No teman, vayan ahora!


"…pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho»."

Frente a este anuncio las mujeres quedan sorprendidas, atemorizadas. Cuantas veces la incertidumbre y el miedo nos paralizan e impiden asumir lo que Dios nos pide. A pesar de esta situación en ellas reinó la fe y confianza en el Maestro y Su Palabra. Corrieron pues a anunciar lo que habían visto y oído.

Nosotros ¡con que alegría compartimos el amor de Jesús y somos capaces de dar esperanza a otros cuando nos sentimos seguros de su presencia en nuestras vidas! Pero también cuantas veces nos invaden dudas de fe que nos impiden llevar a otros la vida nueva que Jesús nos trajo.

En el deseo de comunicar vida nueva en Jesús es que tuvimos oportunidad de viajar  hacia Angola, y si de incertidumbre y miedo se trata, mucho sabe de vivir así el pueblo angolano, pueblo que sabe de sufrimiento, temor y espera, pero que han aprendido a vivir de una forma diferente gracias a la fe y esperanza. Cada día es una fiesta, la fiesta de la vida, donde cruzarse y encontrarse con alguien es motivo de celebración y un saludo de buenos días puede “demorar” 20 minutos. Celebración por excelencia es la fiesta de la Eucaristía donde el pueblo ofrece y lleva al altar lo poco que tienen, entregándose a sí mismos como ofrenda por medio del baile y el canto al ritmo del batuque diciendo alegremente “todo lo que tengo y soy te lo entregamos, recíbelo Señor”

Que a imagen de las mujeres discípulas de Jesús y con el ejemplo del pueblo angolano, podamos también nosotros en medio de las dificultades e inseguridades ponernos en movimiento y salir a anunciar la vida nueva en Jesús, la Buena Noticia. Tchotchene (que así sea).

Espe, Dai y Sil.



viernes, 30 de marzo de 2018

Jueves Santo: ser pan de vida, ser pan rebelde.


Hace unos días veíamos entrar a la ciudad a un Rey… Lo recibimos con ramos de olivos y palmas. Muchos sacrifican sus túnicas para que pase por encima de las mismas, corean su nombre y estallan en un unísono gloria y aleluya. Sin embargo, que gesto irreverente hacerse llamar Rey y entrar montado en un burro. La historia se trunca al ver que ese Rey, el de los pobres y los últimos, el que abraza a las prostitutas y perdona a los pecadores, el que cura a su gente y hace milagros sin nada a cambio, es perseguido… Perseguido por dar vida, perseguido por poner la vida por sobre las prescripciones, perseguido por reconocer la dignidad del otro, perseguido por comprometerse a favor de los más desfavorecidos, perseguido por vivir unas relaciones basadas en el amor, la solidaridad y el respeto, perseguido por construir y vivir el Reino de Dios, ahora y en la tierra.

Ese Rey, el mismísimo Dios hecho hombre, se abajó de tal manera que hoy, Jueves santo, decide dejar plasmado en la historia el gesto revolucionario más grande: un Rey que lava los pies, un Rey que se hace servidor, un Rey que toca la mugre y la miseria de los últimos. No mira de lejos, no pronuncia hermosos discursos desde la limpieza y un pedestal, sino que con su misma vida traza un plan espiritual para bajar al encuentro de Dios.

Sin embargo, ese gesto de servicio no queda solamente en el lavado de los pies, sino que se instituye y perpetúa en la Eucaristía. Pan y vino, elementos infaltables en la mesa de los pobres, alimentos sencillos, al alcance de todos. Hasta en ese detalle se fijó el Cristo que abraza la pobreza y la redime, no quiso grandes banquetes, sino la sencillez del pan que se parte, reparte y comparte. Él mismo se hace cuerpo y sangre para los demás, se hace servidor y se hace pan para los demás.

Cristo se vuelve hostia viva, se vuelve pan de vida…

Pan que anima al servicio y al compromiso con los demás…
Pan que dignifica y alimenta la vida…
Pan que despierta hambre de memoria, justicia y verdad…
Pan que rescata al hombre de la alienación y lo hace protagonista de la construcción social…
Pan que empuja a luchar contra la porquería del narcotráfico que se roba sangre inocente…
Pan que denuncia la corrupción que mata en el silencio, de traje y corbata…
Pan que hace brotar la bronca ante los linchamientos, el aborto y el gatillo fácil…
Pan que denuncia la ignorancia y el analfabetismo a que muchos se ven condenados…
Pan que se horroriza ante la pobreza que mata y avanza sin piedad…
Pan que se vuelve grito rebelde de tantos pueblos y rostros invisibilizados…
Pan que alienta la vida y hace brotar una sonrisa rebelde donde todo es llanto…
Pan que acompaña el mate del encuentro, de la organización, del pueblo unido…
Pan que aguanta tras las rejas en el llanto silencioso de un privado de la libertad…
Pan que cuestiona un sistema expulsor y excluyente…
Pan que vive la comunidad como alternativa al capitalismo narcisista…
Pan que empuja a tantos pibes y pibas a construir el Reino desde abajo…

Jueves Santo… Tiempo de servicio, tiempo de Eucaristía, tiempo de hostias vivas que se parten, comparten y reparten para los demás. Quisieron acallar la palabra del Rey, quisieron humillar al Dios de los pobres, sin embargo, sus gestos silenciosos resuenan y nos mueven a un compromiso siempre nuevo por el Evangelio: servir y ser pan de vida.

Para seguir reflexionando:

¿Qué tipo de pan de vida estás llamado a ser en tu comunidad?
¿Qué realidad nos desafía a ser pan para los demás?


Emiliano

CULTURA DE BARRO