viernes, 16 de junio de 2017

Linchados por la vida.

Bronca. Enojo. Tristeza. Incertidumbre. Dolor. Preocupación. Miedo. Incredulidad. Ganas de mandar a muchos a la mierda. Preguntas y, cómo tantas veces, pocas respuestas. En esta siempre difícil tarea de intentar ponerle algunas palabras desde la fe a lo que nos pasa, esas fueron las primeras sensaciones que se me vinieron al corazón. Un cacho de esperanza, también, al ver las publicaciones que compartían algunos amigos y amigas repudiando lo sucedido. Un poco de consuelo al escuchar a la paramédica que intento auxiliar a los pibes. Pero de vuelta la calentura asolaba otra vez al leer algunas de las cosas que leía en las redes sociales. Cómo dijo alguna vez un amigo bahiense, Diego García (a quién le sale bastante mejor que a muchos de nosotros esto de ponerle palabras al dolor), me preguntaba si esa gente se atrevería a decir en la cara de estos pibes lo mismo que comentaba en las redes sin ponerse colorado.

Este miércoles, dos pibes de 10 y 13 años fueron linchados y golpeados hasta romperles la boca en pleno centro de nuestra peculiar ciudad de Córdoba. Un grupo de vecinos, comerciantes y peatones que paseaban por allí, se calzaron el traje de pseudojusticieros y detuvieron y violentaron a estos dos pibes, ante la atenta y cómplice mirada de otros que rodeaban la zona. Algunos intentaban justificarlo. Otros defenderlos. Al fin y al cabo, estos dos pibes tuvieron que ser trasladados al Hospital de Niños. Sí, de niños.

Te hago una propuesta. Tomate un par de minutos. Animate a retroceder y bucear en el mar de los recuerdos. Copate y ponete a pensar un ratito sobre tu vida cotidiana. ¿Comés? ¿Dormís bien? ¿Tenés frío? ¿Tenés a alguien que te quiera? ¿Cómo te tratan tus amigos? ¿Tus familiares? ¿Tenés un baño con agua caliente? ¿Una cama para dormir? ¿Pudiste ir al colegio? ¿Tuviste quién te acompañe en tu infancia, en tu adolescencia? ¿Tenés alguien en quien confiar? ¿Alguna vez te discriminaron por el lugar en el cuál vivís? ¿Por la ropa que usas? ¿Cenas todos los días? ¿En alguna ocasión dormiste en la calle? ¿Tuviste que salir a pedir, mientras todos te miran sospechosamente? ¿Llega el colectivo a tu barrio? ¿Tenés las calles asfaltadas? ¿Podés ir a un buen médico cuando estás enfermo? ¿Cuáles son las condiciones de tu institución educativa? ¿Tenés obra social? ¿Podes pagar medicamentos? La lista de preguntas puede seguir hasta el infinito.

Ahora cambiemos los roles. Ponete en el lugar de los pibes y tratá de imaginarte las respuestas a las preguntas. ¿Cenarán todos los días? ¿Irán al colegio? ¿Pasarán hambre? ¿Habrán tenido una buena nutrición de nenes? ¿Tendrán un lugar caliente donde dormir en invierno? ¿Tendrán cama? ¿Agua caliente para bañarse? ¿Cloacas? ¿Cómo es el colegio al que van (si es qué van)? ¿A dónde van cuando están enfermos? ¿A cuántas cuadras está el dispensario? ¿Cómo lo atienden? ¿Alguien lo llevará? ¿Alguien lo habrá acompañado en su infancia? ¿Y ahora? ¿Quiénes lo tratarán bien? ¿Quiénes no lo estigmatizarán? ¿Por qué saldrán a pedir o a chorear? ¿Qué les duele? ¿Qué les dolió? ¿Cuál es su historia? ¿Cuáles serán sus nombres, sus identidades? En este caso, también la lista de preguntas puede seguir hasta el infinito…

Ojalá que estas preguntas nos ayuden al menos a que podamos empatizar un poquito. Ponerlos en el lugar del otro. Entender, comprender. Mirar profundo al corazón, a la historia y al dolor del otro. Preguntarnos con profundidad el porqué de estas cosas. Abrir el corazón. Abrir la cabeza. Mirar más allá. No tener miradas simplistas de la sociedad; tampoco estigmatizantes. Dejar de vivir para cuidar sólo mi culo. Aprender a vivir para construir un lugar mejor para todos y para todas. No comerse todo lo que venden.

Javier Bonecchi, un salesiano del cuál aprendí mucho cuándo viví con él, cada vez que yo me calentaba con algún pibe porque se había echado algún moco en el Oratorio me repetía la misma pregunta, que caía cómo un baldazo de agua fría a mi corazón: ¿Te imaginás como hubieras reaccionado vos si hubieras pasado por lo mismo que él, si tuvieras tu historia y tu presente atravesados por tantos dolores? Animate también a hacerte la pregunta.

No estoy dispuesto a imaginar una sociedad donde un celular valga más que una vida. No estoy dispuesto a imaginar una sociedad dónde los palos y los golpes sean lo único que tenemos para ofrecer a los pibes –qué, curiosamente, nosotros educamos- No estoy dispuesto a imaginar una sociedad para pocos. No estoy dispuesto a imaginar una sociedad llena de odio contra los que menos tienen. No estoy dispuesto a imaginar una sociedad donde se le rompe la boca a un pibe, pero nadie se atreve siquiera a preguntarse por el entramado político, judicial, económico y policial que tantas veces hay detrás del delito. No estoy dispuesto.

A los que pretenden erigirse en guardianes de la ley, la moral y las buenas costumbres, les recuerdo que uno de los principios fundamentales del derecho penal es la proporcionalidad de la pena y que en la legislación argentina la pena para los menores tiene una función estrictamente preventiva y educativa. A los que compartimos el carisma de Don Bosco, les recuerdo las palabras de nuestro Padre, Maestro y Amigo: "se ha observado que los jóvenes no olvidan los castigos sufridos y, por lo general, conservan rencor con deseo de sacudir el yugo y hasta de tomar venganza”


Por último, a los que son cristianos (o al menos se dicen serlo, a pesar de que muchos son aquellos que escriben las barbaridades que leemos en internet), les recuerdo que el primero en entrar el cielo fue un choro y que ya Jesús, el Hijo de Dios, lo dijo bien clarito: “les aseguro que los publicanos –es decir, los choros- y las prostitutas entrarán primero que ustedes en el Reino de Dios”

Mauro

CULTURA DE BARRO


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