martes, 1 de noviembre de 2016

Amá lo que sos y tus circunstancias.

“Amar” ese verbo que al escucharlo, se pueden disparar mil y un sinónimos o adjetivos que lo describan, nos surgen también ejemplos de la vida cotidiana, como amar a una madre, a un padre, un hijo o hija, algún ser querido como una novia o novio, amigos y amigas, los pibes y las pibas de mi grupo… y la lista puede continuar… Pero hoy está bueno detenernos prontamente en conjugar ese verbo con el “yo”, conmigo mismo, con mi propia historia vivida y la que sigo escribiendo, con quien yo soy.  Pero… “¿Quién soy yo?”  ¿Alguna vez “bajamos un cambio” a todo el activismo que vamos viviendo y nos detuvimos a preguntarnos esto? Que es una respuesta que va mucho mas allá de mi nombre y apellido, del lugar de donde vengo, de las actitudes o el carácter que tengo, de las cosas que hago, de mis pensamientos, sentimientos, de mi personalidad… estamos de acuerdo en una cosa, todos estos factores juegan un rol importantísimo, casi indispensable, en la construcción de lo que soy, de mi esencia, pero aún así falta algo.

Supongamos que todas estas características nombradas y muchas otras más sean una prenda de vestir, una ropa que tenemos puesta, si nos vamos quitando de a poco estas prendas, nos vamos “desvistiendo” de estas ropas, lo que queda al final de todo es la desnudez, la perfecta muestra de lo que Dios creó a su imagen y semejanza. “Ayudar a los demás” “Animar a los pibes” “Soy alguien muy simpático” “Me considero alguien muy desagradecida” “Vengo de tal ciudad” “Estudio tal carrera” “Tengo un temperamento fuerte” etc. Si a todos estos “ropajes” los voy dejando a un costado, lo que queda, esa “desnudez” plena, es ese “algo” que soy. Solo cuando podamos interpretar y entender que es ese “algo” que se encuentra en las profundidades de mi mismo, cuando lo conozcamos, lo interpelemos, lo palpemos, posiblemente recién ahí vamos a poder hacer el proceso de conjugar el verbo “amar”. ¡Como Jesús! A quien desvistieron de sus propias vestiduras hasta dejarlo semi-desnudo, humillado y torturado hasta que se expuso quien era verdaderamente “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” Mt.16:16. En la lógica de la cruz.

Amarme, me amo… ¿Suena un poco narcisista no? Si lo vemos desde la lógica del amor de Dios que es Padre y Madre, nos vamos a dar cuenta de lo antagónico y alejado que está ese término de lo que nos referimos.

Lo dice el Padre Meana en una de sus tantas hermosas letras: “Mi ser no es ser infinito; es precario mi existir. Pero este ser que amo y tengo en Vos funda su raíz.” Es un amor que ni siquiera nos pertenece, del cual no podemos atribuirnos a nosotros mismos ningún mérito para obtenerlo, es un amor que nos trasciende mas allá de nuestra propia existencia (que como lo dice la letra no es infinito, sino mas bien precario, fugaz, efímero) Un poco más arriba también nos dice la siguientes líneas: “¡Has querido mi existencia! Me sostienes, puro amor, glaciar alto y escondido del que mana lo que soy.”  De este amor de Padre bueno y misericordioso mana todo lo que somos y podemos llegar a ser. Y todos y todas estamos invitadxs a experimentar este amor, pero para ello estaría bueno seguir esta sencilla secuencia: “Conocer para amar, amar para imitar” ¡Todxs estamos invitados e invitadas a vivirlo desde la propia experiencia de vida!

Amarme a mí con todo lo que me conlleva y a mis circunstancias, a lo que me pasa, vivo, siento, pienso, comparto, hago, rezo… ¡Que gran aventura para emprenderla! Y desde acá nace nuestro compromiso social, nuestro laburo pastoral y cultural.

Si me amo a mi mismo, a mis circunstancias, a lo que me pasó y lo que me va pasando, si amo mi propia “miseria y pequeñez” y la comprendo como tal, posiblemente ahí voy a poder entender lo que es “amar la tierra santa” “el barro sagrado” “la cruz del otro” palabras que calan muy hondo en estos patios virtuales y en el día a día de nuestra praxis con los jóvenes.

Si tomamos como ejemplo la parábola del buen samaritano, podemos entender que si alguna vez viví la experiencia de “compadecerme  y comprometerme” con ese otro que se encontraba “al costado del camino” (el pibe que “jala la bolsa” en la esquina, la piba discriminada por traer la vida en su vientre a tan corta edad, el niño que no sabe leer ni escribir, la adolescente maltratada, el joven que creció con ambos padres presentes físicamente pero ausentes afectiva y amorosamente toda su vida) quizás y solo quizás (cabe aclarar que solo es una posible hipótesis del que escribe) en mi propia experiencia vital antes fui yo el que presenció la oportunidad de ser aquél o aquella al borde del camino que, sin rumbo, moribundo/a y sin más expectativas de seguir adelante, encontró al Dios hecho carne, hecho hombre, hecho mamá, papá, hermano, hermana, docente, animador o animadora y que no solo se conmovió por mi miseria, sino que la abrazó, se arremangó, se descalzó para pisar mi barro y se puso a laburar por mí.

Entonces, en líneas generales, está bueno de vez en cuando parar la mano un poco de tanto laburo, tanto quehacer, tanto activismo y mirarme: automonitorearme. Descubrir qué tanto de Dios encuentro en mi y en qué medida y con qué profundidad encuentro al Dios Padre y Madre en el otr@, siendo consciente que no solo aquél o aquella que se encuentra “al borde del camino” es alguien que está fuera de mi casa, sino que ese “hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó” puede estar hoy, puertas pa’ dentro de mi casa, de mi hogar y que  inclusive, puedo ser yo mismo/a aquél/a que esté necesitando y pidiendo a gritos “amarme un poco más”.

Pablo Salinas


1 comentario:

  1. Guaaau. En el centro del pecho. Para reflexionar y agradecer. Gracias por ser tan útiles en mis actividades! Besitos desde la Escuadra 13, Córdoba

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