Va llegando fin de año, comienzan
a acumularse compromisos, asuntos por concretar, seguramente pilas de apuntes
para estudiar, horas de trabajo, y los infaltables campamentos, viajes,
jornadas, convivencias y festejos en nuestros apostolados. Entonces oscilamos…
entre el cansancio, el desgano, y el querer llegar a hacer todo y bien. Y esta
segunda opción es la que trae como consecuencia, en varias ocasiones, el
creernos superhéroes, el pensar que podemos con todo, y en caso de recibir
ayuda, las cosas deben hacerse tal cual lo planeamos. No se si a ustedes les
pasa, o les ha pasado. A mí sí. Hasta que un día, por esas sacudidas que Dios
suele dar, me dijeron: “la ayuda se
acepta como viene”. Y descubrí cuál era la lógica del caminar en comunidad:
ser sostén, pero también dejarse sostener.
Este estilo de vida que elegimos,
de anunciar y construir junto a los pibes ese Reino de amor y de justicia, no
es una ruta que podamos transitar solos. No por capricho o simple rechazo a la
soledad. El mismo Lucas nos cuenta en el Evangelio la clara indicación de Jesús:
“los envió de dos en dos delante de él, a
todas las ciudades y lugares a donde debía ir”.
Tenemos la hermosa misión de
ayudar a crecer, de acompañar nada menos que vida, y como toda vida que nace debe crecer en un clima
de familia. Y tengo la certeza de que cada apostolado, cada proyecto,
cada sueño, permanece fuerte, sano y se logra, únicamente, sintiéndonos
hermanos con quienes caminan con nosotros. Así como la mentira, el chusmerío y
los prejuicios se contagian rápidamente, también lo hacen los gestos fraternos
y el compromiso verdadero cuando lo que le reina es un clima de comunión, de
familia.
Nuestra bandera es acercarnos al excluido,
al que no le dan lugar, al que es discriminado por ser distinto… y vivimos
gritando a viva voz que ahí es donde debemos estar. Entonces, me pregunto… ¿Por qué a veces somos tan intolerantes con
aquellos que no piensan como yo? ¿Por qué juzgamos y rechazamos lo diferente?
Si nos hierve la sangre oír “cruzá de calle porque ahí viene uno con gorrita”,
“ese tiene pinta de querer choriarnos”. ¿Por qué no tomamos esa misma postura
del NOprejuicio con nuestros compañeros, co-animadores, o meras personas que
están a nuestro alrededor? No hablo de dejar hacer cualquier cosa, de ser
permisivos y callarnos ante lo que creemos incorrecto o deshonesto. Hablo de
aceptar que alguien, por diversos motivos, puede no ser igual a mí, o no tener
mis mismas opiniones. La corrección fraterna, el buen ejemplo, y ante todo, la
tolerancia, puedo asegurar, que contribuyen a esa comunidad-familia de la que
hablo.
Ojalá podamos siempre ser
precursores de esa amabilidad y familiaridad a la que tanto apostaba Don Bosco.
Somos testigos de una felicidad que encontramos en el encuentro con el pibe, en
el barrio, en la calle, en la escuela, en el grupo. Pero “no todo es color de
rosa”, dicen las abuelas, claro que no. A veces hay que bancarse “palos en la
rueda”, cansancios acumulados, algunos insultos y hasta escupitazos. Todo eso y
cuánto más se bancó Jesús. Pero tanto Él, como nosotros sabemos y esperamos la
recompensa, la alegría de paraíso. Mientras tanto, a seguir andando, y no olvidarnos de que la vida crece al
compartirse, con esa vida la Fe, y cuando nuestra Fe aumenta es cuando más
cerquita de Dios nos sentimos. Entonces ahí, caemos en la cuenta de que sólo
Dios basta.
Melina
CULTURA DE BARRO
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